«Bajo el indiferente azul del cielo, esta meditación es un consuelo»

El Viernes pase la tarde en casa de mi mamá cuidando de mi abuela. A mi abuela se le consume lo que le queda de vida en una recámara que solía ser mi recámara, sobre un colchón que solía ser mi colchón, con la luz del sol que entra por una enorme ventana que solía ser ventana y escaparate de una yo adolecente que soñaba con las posibilidades infinitas de la vida.

A mi abuela la vida se le acaba, sus cartas ya fueron hechadas y la partida esta por terminar. El futuro se pliega y se despliega para llevarnos al que será nuestro destino y si tenemos suerte, el destino nos espera mucho más adelante. ¿Cómo aceptar que los personajes de mi propia historia irán siendo derrotados por el tiempo?

En la habitación donde esta mi abuela muchas cosas que parecen importantes pierden su peso y un tsunami de preguntas sin respuesta amenaza mi tranquilidad, arrastrandome a la orilla de mis propios pensamientos donde siempre parezco ahogarme con las mismas meditaciones. La ambivalencia de la muerte me estremece, unas veces tan lenta y laboriosa, otras tan voraz como veloz.

No hay realmente nada bello ni armónico ni poético en ver a alguien desaparecer poco a poco y sin embargo esta vulnerabilidad que a todos nos acecha, alimenta a los grandes escritores. Cada que estoy ahí pienso en el libro de Faulkner, ese que en la portada de la edición que leí tenía unos revolvers y cuyo nombre siento que es de mal agüero decir en voz alta.

Mientras veo pasar el día contemplando a mi abuela, con mis pies sobre su cama y Gaudí el perrito de mi hermana a mi lado, la frase de Borges ronda mi cabeza en mayusculas y con negritas: YA SOMOS EL OLVIDO QUE SEREMOS… la recuerdo con insistencia pero fallo en recordar todo lo que dice después aunque se que es igual de importante:

Ya somos el olvido que seremos. El polvo elemental que nos ignora y que fue el rojo Adán y que es ahora todos los hombres, y que no veremos. Ya somos en la tumba las dos fechas del principio y el término. La caja, la obscena corrupción y la mortaja, los ritos de la muerte, y las endechas. No soy el insensato que se aferra al mágico sonido de su nombre. Pienso, con esperanza, en aquel hombre que no sabrá que fui sobre la Tierra. Bajo el indiferente azul del cielo esta meditación es un consuelo. (Jorge Luis Borges)

Al día siguiente, ósea este sábado, murió Gaudí. Era una muerte anunciada así que el viernes me la pase acariciando su peluchito todo lo que pude sabiendo que sería la última vez… como si uno pudiera saciar el anhelo futuro de lo que sabemos ya no ocurrirá. Me la pase llorando todo el fin de semana por todas esas preguntas sin respuesta, la ambivalencia, el principio de incertidumbre, el caos, la casualidad, la causalidad, la entropía y todas esas leyes físicas, filosóficas y del discurso que representan a la vida misma y que habitan en el guion de nuestro destino.

Nadie lo dijo mejor que Gil de Biedman: Envejecer, morir… ese es el argumento de esta obra.

Just stop your cryin’, it’s a sign of the times. We gotta get away from here. We gotta get away from here. Stop your cryin’, baby, it’ll be alright.They told me that the end is near… We gotta get away from here

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