Dermatoglifo o: Dactilograma o: Como nacimos listos para ser catalogados

Los limites de mi lenguaje son una correa que me impide ir más allá de mi propio entendimiento. El más allá es algo así como los bordes de la Tierra cuando se creía que la Tierra era plana y que en ellos se derramaba agua infinita en una catarata que caía hacia un vacío aún más infinito y misterioso. Todo aquello era una mentira de la imaginación y sin embargo generaciones de seres pensantes incluidos los mas ilustres de su época murieron creyéndolo una verdad absoluta por que la ignorancia es estupida y le gusta hablar alto y con convicción y por qué la mayoría prefiere el bálsamo de una falsa certidumbre que la aspera certeza de que el conocimiento es una torre que los humanos jamás terminaremos de construir.

Quisiera poder manifestar en palabras el sentimiento que provoca en mí el uso que damos a las huellas digitales en nuestra época pero me da miedo terminar escribiendo una novela de Sci-Fi de esas que duran 1082 páginas para cuál ahorita no tengo tiempo y además nadie quiere leer. Podría decir simplemente que el asunto me intriga pero ese termino parece proceder y preceder a un sentimiento más secular que religioso, metafísico o filosófico y lo que yo siento habita en ese plano que es igual a los bordes en los que creían los terraplanistas.

Los Mesopotamos, que vivían en el futuro de una forma rudimentaria, entendieron que las huellas eran distintas una de las otras y los mismos que en su desesperación inventaron la escritura, las usaron como una especie de firma de documentos. Nada de carácter burocrático me sorprende de ellos, pues si inventaron la escritura fue precisamente para poder contabilizar sus bueyes, registrar sus granos almacenados y reclamar sus cabras a los vecinos. Entre ellos y nosotros hay miles de años de distancia pero en todo ese tiempo permanece nuestra necesidad de foliar, archivar y catalogar y con ello hemos perfeccionado el arte de catalogarnos a nosotros mismos. La tecnología que nos permite identificar una huella es hoy tan barata, tan común, tan accesible… que me parece sospechoso que hayamos llegado hasta aquí. ¿Con que propósito nacemos con un patron «perenne, inmutable, diversiforme y original«?, ¿Por qué tenemos varios QRs en nuestras manos?, ¿Será que la tierra es un gran supermercado y nuestra huella no es más que un código de barras que permite identificar un item? o ¿Será que la mente humana tiene la necesidad de encontrarle utilidad a todo y este asunto de las huellas es una mera coincidencia? o ¿Causalidad o casualidad?, Si no es casualidad ¿Porqué necesitamos de maquinas para poder dar uso a nuestro etiquetado? o ¿Será que aún no logramos descubrir/desarrollar el método orgánico para servirnos completamente de dicha característica tan conveniente?…

Entre dos edificios viejos de ladrillos posicionados en calles cuyo nombre es un numero, hay un pasillo oscuro y pestilente como el que constantemente nos quieren predicar en las películas cuya trama se desarrolla en «la gran manzana». Es el típico callejón donde un pordiosero encontraba cuerpos muertos en cualquier capitulo de La Ley y El Orden. Te puedo decir también que muy cerca hay un puesto de Hot Dogs y un Seven Eleven que abre 24 horas, aunque yo nunca lo haya visto, aunque yo nunca haya estado ahí pero es seguro que lo hay porque mi amigo que Sí ha estado ahí jamás me mentiría.

Una vez cada seis años, a la hora del silencio, un pequeña puerta en ese pasillo se abre por doce minutos y todos los que logran entrar comparecen a una reunión ultra secreta que solo dura sesenta y seis minutos. Las palabras se me cruzan cuando intento describirte de que se trata esa reunión pero es que a mi amigo se le desencajaron las ideas desde que acudió a aquella cita y lo poco que sé lo he ido pegando como retazos de una fotografía que alguien hizo pedazos. No es que él fuera muy normal antes de todo esto pero al menos podías conversar con él por un buen rato lo suficiente como para que forjáramos una buena amistad.

Mi amigo, cuyo nombre no puedo decirte, llegó a Astoria en un barco pesquero procedente de Rusia. Decía que el Océano Atlantico era más seguro y más pequeño que los infinitos pasillo del Archivo Nacional de Bielorrusia, donde trabajó desde los dieciséis años hasta la caída del bloque soviético. Fue ahí, una tarde cualquiera del setenta y tantos, donde encontró dentro de una versión cirílica y muy antigua de «las mil y una noches» la invitación. Tenia escrito en doce idiomas diferentes, entre ellos esperanto, persa y sumerio, la frase que le obsesiono para el resto de su vida «Todo aquello que el hombre no logra nombrar desaparece, todo aquello que el hombre nombra deja de existir» Con ayuda de su basta cultura y el acceso al caudal de conocimiento que tenia frente a él logro descifrar las fechas, las horas y el quién: Un hombre que podia rastrear su linaje genealógico hasta el mismísimo diluvio y cuyos ancestros mas recientes era los Holandeses que se habían asentado de la isla de Manhattan.

Le tomo trabajo encontrar el dónde y perdió la siguiente reunión pues se había equivocado en una sola cifra y su calculo lo había traído hasta nosotros en Oregón que se encontraba en las «antípodas» del mismo país. Volvió a nosotros una vez que hubo cumplido su misión de asistir a una de aquellas reuniones pero no vivió para ver la siguiente pues su obsesión lo consumió completamente. Paso sus últimos días como un pordiosero recolectando etiquetas de productos, libros que botan a la basura, recetas y todo lo que encuentra. Deberías ver la torre de basura que dejo en todos y cada uno de los cuartos de su casa. No tomaba alcohol pero el día que alguien le regalo una botella de un Vodka soviético se emborracho de la mera nostalgia y dejo ir la lengua como jamás pensé que alguien podría y termino explicando a mi y a mis otros dos amigos la importancia de aquellas reuniones pues cada cierto tiempo alguien tenia que llevar acabo la sucia labor de decidir que conceptos desaparecerían lentamente de la realidad y cuáles permanecerían adheridos en nuestra memoria.

Tras su muerte me dejo entre otras cosas la invitación que inicio todo esto, la cual según creía había sido dirigida a algún comandante Nazi durante la época de la ocupación, un hombre cuyos sistemas de organización de archivo aún seguían dando orden al lugar y quizá lo seguirá haciendo por los años venideros. Quisiera saber que hacer con este papel, que en las manos de un hombre común como yo no significa nada. Me queda eso y la manía de querer ordenar todo lo que antes ni si quiera creía necesario.

“La humanidad no soporta un universo infinito” me dijo una vez “necesitamos catalogarlo”.

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