Me quedé atorada en el circulo vicioso de una canción que se repite. No sé bien qué lo ocasiona: si soy una máquina descompuesta o un tanque contenedor de melancolía de veinte litros. Tampoco se muy bien qué quiero encontrar escarbando con el oído entre los acordes de una canción que se envicio en un bucle o si mas bien fueron los acordes los que se enviciaron conmigo y ahora quieren tomar posesión de mi cuerpo mediante el hechizo de la repetición.
Quiero creer que al presionar play recibo un mensaje encriptado por mi yo del pasado. Quiero creer que al presionar play me inyecto un sentimiento recetado por un doctor invisible.
Sin importar la hermenéutica, dialéctica o farmacéutica de estas cosas, yo tengo que poner de nuevo esta canción (o aquella o la otra) porque esa canción (o aquella o la otra) hoy me quiere decir otra cosa. Vuelvo y revuelvo para ver en su sonido, el reflejo de un sentimiento que al intentar poner en palabras se me cae de los labios *.
Se que en esa melodia se escapa una verdad. Necesito escucharla hasta que la encuentre (o al menos hasta que se agoten las mentiras).
En todo caso y sin importar nada… la música es un hermoso abismo i n f i n i t o (al menos para los mortales) en el que nos gusta esconder recuerdos y por eso una tarde cualquiera o en La Noche marcada por el hierro de una tragedia estamos ahí, buscando sobrevivientes entre los escombros de este terremoto de 9.0 grados Richter llamado VIDA.
* Quizá esta sea la definición mas clara de lo que quiero decir pero no supe como detenerme y tuve que decir todo lo demás.
Deja un comentario